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Madre América

Vicente Antonio de Castro y el día de la medicina latinoamericana

René Villaboy

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El día de la medicina Latinoamericana se celebra cada 3 diciembre por acuerdo de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). La jornada se instituyó para recordar el natalicio del destacado galeno cubano, Carlos Juan Finlay Barré (1833-1915), descubridor del agente trasmisor de la fiebre amarilla: el mosquito Aedes Aegypti.  Tal contribución en su época, y en nuestra caliente tropicalidad actual, constituyó aporte un transcendental a las ciencias médicas y una valiosa contribución profiláctica para nuestros pueblos caribeños y americanos en general.  Este día se rinde tributo a todas y todos los que profesan -con su labor y humano ministerio- culto diario a Asclepios, el dios médico pero los griegos o al Escolapio de los romanos.

No dedico este trabajo sólo a Finlay, el doctor célebre que será recordado este 3 de diciembre en su país natal y en varios rincones del continente. He redactado unas líneas que rememoran la impronta de un galeno cubano, que antecedió al histórico científico camagüeyano en tiempo y oficio. Y que, a diferencia de aquel, no será agasajado con todo el vigor por otros que visten las batas blancas y por todos los que necesitamos tan imprescindible servicio. En el día de la medicina latinoamericana escribo, además de Finlay, sobre un médico y patriota que no ha sido suficientemente recordado: Vicente Antonio de Castro.  

Vicente Antonio de Castro y Bermúdez, nació el 24 de marzo de 1809, en la entonces villa del Spiritus Sanctus al centro de Cuba. Su llegada a nuestro mundo y su posterior desarrollo coincidió con el momento de eclosión de los movimientos independentistas hispanoamericanos y de la expansión de los ideales emanados las revoluciones burguesas europeas. En cambio, su formación académica recibió los embates de la restauración absolutista y de los desvaríos de los endebles estados latinoamericanos. El joven de Castro fue miembro de la generación cubana que se formó en el histórico seminario de San Carlos y que copó las aulas de las Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana. De esta última casa de altos estudios-la única que funcionó en Cuba colonial desde 1728 fundada por la Orden de Santo Domingo-Vicente Antonio, luego de recibirse como bachiller, se graduó en febrero de 1837 de Licenciado en Medicina, y según sus biógrafos que se remiten del expediente académico sólo 11 días después obtuvo el título de Doctor en la materia en que se había recibido. Surgió así el médico que no pudo, ni estuvo distante de la realidad de una Cuba esclava, de una Cuba sin soberanía y de una Cuba cautiva de la ignominia de ser colonia aun frente a sus hermanas americanas. Doctor, Vicente Antonio de Castro, ascendió rápidamente como uno de los más lúcidos galenos de la Isla, realidad que se había presagiado desde su vida estudiantil.

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Desde la Cátedra de Anatomía que obtuvo en 1835 permaneció haciendo su ciencia hasta 1842. Luego obtuvo y reestructuró la de Patología; donde a criterio de los investigadores galenos introdujo y desarrolló la auscultación y la percusión; o sea el contacto clínico y físico con sus pacientes. Pero sin dudas su mayor mérito fue el de introducir la anestesia clínica aplicada a las operaciones quirúrgicas; poco tiempo después de haberse practicado en Europa y en los EE. UU. En el antiguo hospital San Juan de Dios, otrora Hospital Militar, primero construido en Cuba en 1568, de Castro aplicó en sus pacientes la novedosa técnica que muchos de sus colegas se negaban a poner en práctica.

Pero ese médico brillante no realizó un estudio ajeno a la situación de su patria. Vicente Antonio de Castro comprobó que lo cuerpos enfermos, y menos anestesiados, no eran solo resultado de la falta de salud, de los padecimientos sanitarios o de las falencias médicas de un territorio colonial. El hombre que por convicción revolucionaria asumió el seudónimo masónico de Viriato Alfonso de Covadonga entendió que los cubanos padecían de un mal mayor que desbordaba los efectos del éxtasis clínico.  La libertad de Cuba fue para Vicente Antonio de Castro la mayor enfermedad de su isla; y por eso convocó a curarse a los cubanos que lo siguieron. Luego de muchas tribulaciones, de abdicar a sus plazas académicas y científicas, de recorrer itenarios diversos, Vicente Antonio logró combinar ciencia y patria, medicina y Cuba en un mismo ministerio.

Vicente Antonio de Castro fundó en su pequeña patria del Caribe, y a contrapelo de los cuerpos masónicos regulares locales y foráneos, el Gran Oriente de Cuba y las Antillas (GOCA). Un cuerpo fraternal irregular que nucleó a lo mejor de la juventud y la experiencia del pensamiento liberal e independista cubano. El médico, anestesiólogo, independista y masón que congregó la simiente de las revoluciones independentistas de Cuba.  De Castro y Bermúdez lo hizo con la discreción masónica, con la constancia galena y sobre todo con el amor y la entrega de los cubanos.  Murió por ello en 1869, luego de dejar diluida su organización en los avatares de la manigua irredenta. Así fue ese doctor en medicina, cubano y sobre todo patriota que hoy merece no ser olvidado en la jornada de la medicina de Latinoamérica.

Madre América

Alemanes en la conquista de América

Sergio Guerra Vilaboy

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La presencia alemana en la conquista de América es poco conocida y se remonta a 1520, cuando Carlos I, nieto de los Reyes Católicos, obtuvo el título de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Para conseguirlo, tuvo que hacer erogaciones a los príncipes electores, endeudándose con los banqueros Welser y Fugger, a quienes ofreció concesiones en sus nuevos dominios americanos. A diferencia de los Fugger, que nunca se interesaron por la Nueva Toledo (Chile), los Welser se dejaron tentar por el lejano territorio asignado, llamado Venezuela por los primeros navegantes europeos, sorprendidos por los palafitos aborígenes del litoral que compararon con los canales de Venecia.

En Alemania se le conocería como Welserland, o sea, la tierra de los Welser, pues los derechos de estos banqueros de Augsburgo sobre esa región sudamericana habían sido plasmados en la capitulación de 1528, negociada por el suizo Heinrich Ehinger y Hieronymus Sailer, y firmada por el propio Carlos V. La colonización alemana tuvo su centro en el golfo de Coro, donde existía desde 1527 un fortín levantado por el capitán español Juan de Ampíes. El primer contingente enviado por los Welser, que salió de Sevilla el 7 de octubre de 1528 con más de doscientas personas, encabezado por Ambrosio Talfinger, llegó a Coro, tras escala en Santo Domingo, el 24 de febrero de 1529.  A Talfinger, que después fundó Maracaibo y se dedicó a expoliar cruelmente a los indígenas, le sucedieron como gobernadores Juan Seissenhofer, Nicolás de FedermannGeorg von Speyer y Philipp von Hutten.

Bajo la dirección de colonos como von Hutten o Horge Horhemut, los primeros habitantes de Nueva Augsburgo (Coro) intentaron fomentar una de las primeras economías de plantación del continente americano, trayendo cientos de esclavos africanos para al cultivo de la caña de azúcar; aunque los alemanes se sentían más atraídos por las riquezas y productos que arrebataban a los pueblos originarios. Las enfermedades tropicales y la obstinada resistencia de los indígenas, con los que chocaban en sus constantes incursiones en busca de oro por Maracaibo, Cumaná y los llanos del Apure y Casanare, hicieron estragos entre los ávidos conquistadores al servicio de los Welser.

De esas voraces exploraciones por el interior de Venezuela conocemos el pormenorizado relato de la efectuada a fines de 1530 y principios de 1531 por Nicolás Federmann. En 1555, trece años después de su muerte, el texto fue publicado por su cuñado Hans Kiefhaber como Historia Indiana. Una preciosa y amena historia del primer viaje de Nicolás Federman, el joven natural de Ulm, emprendido desde España y Andalucía a las Indias del mar Océano, y de lo que allí le sucedió hasta su retorno a España. Escrito brevemente y de amena lectura. De gran valor etnográfico, la obra describe los diferentes pueblos indígenas que conoció en el interior de Venezuela. 

Federmann también estuvo al frente de la más increíble de todas las expediciones alemanes, de la que no dejó testimonio. Nos referimos a la que condujo por los Andes, entre 1536 y 1539, en busca del mítico El Dorado y que culminó en el territorio de los muiscas o chibchas. La leyenda de un cacique que se espolvoreaba oro en una laguna y ofrecía piedras preciosas a sus dioses, despertó también la codicia de dos partidas de españoles procedentes de Quito y Santa Marta, dirigidas respectivamente por Sebastián de Benalcázar y Gonzalo Jiménez de Quesada. En los alrededores de la actual ciudad de Bogotá, fundada el 6 de agosto de 1538, tuvo lugar el triple encuentro fortuito, que obligó a un compromiso entre las tres expediciones, cada una con más de cien personas, para repartirse el botín.

Las riquezas arrebatadas a los chibchas por Federmann y sus hombres no pudo salvar de la crisis a la única colonia alemana en América, fracasada en su intento de imitar a las exitosas factorías portuguesas. En 1546, Carlos V le asestó el golpe final al cancelar la concesión a los banqueros de Augsburgo. El último gobernador de Welserland, von Hutten, seguido por Bartholomeus Welser y unos cuantos sobrevivientes, se refugiaron entonces en un valle al sur de Quibor, en el actual estado Lara, donde surgiría en 1554 el poblado de Cuara. Todavía hoy algunos de sus habitantes llevan apellidos alemanes y conservan características fenotípicas y costumbres de sus ambiciosos ancestros.

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Madre América

Reformas y Milicias en siglo XVIII hispanoamericano

René Villaboy

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La Guerra de los Siete Años (1756-1763) que enfrentó inicialmente a Inglaterra y sus aliados contra Francia y otro conjunto de reinos europeos, fue la evidencia más reveladora de que la fortaleza militar de España era cosa de un pasado remoto. Consciente de sus debilidades la monarquía española se mantuvo neutral en el conflicto hasta 1761. Después de la firma del tercer pacto de familia entre los Borbones, Madrid le declaró la guerra a Londres ese mismo año. La entrada a la contienda bélica, aun en sus últimos tiempos, demostró al monarca español, Carlos III, el débil estado de las capacidades ofensivas de sus ejércitos. Sin duda, la desastrosa defensa de La Habana, que cayó con facilidad en manos inglesas en 1762 fue una de las mayores pruebas.

Inglaterra también dominó con desenvoltura varias islas y territorios en el Caribe, que antes eran ocupadas por Francia o por la propia España. A la vez, atacaron puntos de la América continental, entre ellos Cartagena de Indias. De esa manera la guerra finalizó con la victoria británica en 1763.  El oneroso Tratado de París firmado ese mismo año devolvió La Habana a España pero a cambio, tuvo que ceder La Florida a la potencia vencedora. De este modo la corona de Londres afianzó su presencia en Las Antillas y ratificó su hegemonía en la parte norte de América. 

La catástrofe militar de 1762 y sus consecuencias precipitaron al rey Carlos III y a sus asesores-entre los que descolló Pedro Pablo Abarca, Conde de Aranda-a profundizar en los cambios que demandaba la estrategia de defensa del mundo colonial. Bajo la premisa de implicar mucho más en él a las pujantes sociedades de las tierras de ultramar.

En 1763 llegaron a La Habana dos de los hombres designados por la corona para planificar y ejecutar las necesarias reformas al sistema defensivo americano. Ambrosio de Funes y Villalpando, Conde de Ricla-investido al frente de la Capitanía General de Cuba-se hizo acompañar del Mariscal de Campo, Alejandro O´Reilly, como subinspector general de Milicias, del Ejército de América y su sustituto en caso de ausencia. Ambos militares de carrera formaban parte del grupo ilustrado que reunió el Conde de Aranda, y eran portadores de ideas modernizadoras aplicadas a la administración pública y por supuesto a las fuerzas armadas. A partir de 1764 O’Reilly puso en práctica su detallado y extenso “Reglamento para las Milicias de Infantería y Caballería de la isla de Cuba”, que recibió la aprobación del Rey en enero de 1769. Estas instrucciones se constituyeron en la directriz para fundar las Milicias Disciplinadas en casi todo el continente. Sucesivamente las transformaciones del modelo cubano de milicias disciplinadas se instrumentaron en la Nueva España en 1765; en Venezuela, Cartagena, Panamá, Yucatán y Campeche en la década de 1770; en el Perú y el Nuevo Reino de Granada a principios de la década de 1790, y en Buenos Aires en 1802.

 El reglamento de O’Reilly se dividió en 11 capítulos, donde se detallaron la estructura, funciones, disciplina, uniformes, armas, derechos y obligaciones para el funcionamiento interno de tales cuerpos. Los requisitos esenciales para integrar las milicias fueron ser hombre y libre, que cumpliera la condición de vecino, tener entre 15 años y 45 años, no ejercer como abogado, escribano, médico, boticario, procurador de número, cirujano, administrador de rentas  u otras ocupaciones que por su función social impedían estar disponible en caso necesario.

O’Reilly incorporó un rasgo muy peculiar de su concepción al Reglamento. La idea de convertir a las Milicias Disciplinadas en un órgano corporativo, donde su reclutamiento y sentido de pertenencia se basara en el honor, la distinción y el orgullo de participar activamente en la defensa del Rey y sus dominios. Por ello las armas, los estandartes y los uniformes tuvieron un valor simbólico extraordinario; enfocado hacia el reconocimiento individual y social de los milicianos como militares de hecho y de derecho.

Uno de los recursos más atractivos de la nueva condición de miliciano fue el disfrute del llamado fuero militar. A pesar del conjunto de amplias prerrogativas que incluía esta disposición jurídica para los hombres de armas era muy especial el derecho de llevar las causas ante los tribunales militares en lugar de los reales y ordinarios. Tal prebenda colocó a los miembros de las milicias americanas en una ventajosa posición al sustraer a sus miembros de la autoridad de la justicia civil e incluso de la jurisdicción de los cabildos y de los gobiernos locales. De ese modo con el fuero las milicias surgidas desde la segunda década del siglo XVIII devinieron en importantes espacios para la subversión del orden estamental implantado por el reino en Hispanoamérica.

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Madre América

La efímera República Mayor de Centroamérica

Sergio Guerra Vilaboy

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En vísperas del primer centenario de la independencia de Centroamérica resurgió con fuerza inusitada el movimiento unionista, como no se veía probablemente desde la época de Francisco Morazán, tema al que dedicamos una nota de Madre América. En realidad, la idea de la reunificación de los países de la región nunca había desaparecido, como demostraron el fallido intento de imponerla manu militari por el presidente guatemalteco Justo Rufino Barrios en 1885, que le costó la vida, y los esfuerzos finiseculares del mandatario de Nicaragua José Santos Zelaya.

Compulsada por el desastre telúrico de 1917, el movimiento unionista brotó en Guatemala entre los opositores a la larga dictadura de Manuel Estrada Cabrera, iniciada en 1898. Este personaje, como Porfirio Díaz en México, se había reelegido en forma ininterrumpida (1904, 1910 y 1916) con el apoyo irrestricto de la oligarquía cafetalera y Estados Unidos, cuyos intereses representaba, en especial los del monopolio frutero norteamericano United Fruit Company, al que concedió grandes extensiones de tierras y exenciones tributarias.

Al frente de la lucha antidictatorial estaba la debilitada elite conservadora, desplazada del poder por la revolución liberal de 1871, y la minúscula burguesía industrial, dueña de una fábrica de cervezas y otra de cemento en la capital, así como algunas pequeñas manufacturas en Quezaltenango. El movimiento contestatario, cuyos líderes eran todos de familias acaudaladas, no alcanzó verdadera fuerza hasta conquistar a las masas populares, en especial a los reducidos núcleos de obreros y artesanos, bajo influencia mutualista.

En 1919 los opositores a Estrada Cabrera fundaron el Partido Unionista, que se proponía el derrocamiento de la dictadura y el restablecimiento de la federación centroamericana al acercarse el centenario de su independencia de España (1821). El programa de esta agrupación incluía también la elevación del nivel de vida de la población, mejorar la instrucción pública y convocar a elecciones para formar un gobierno parlamentario. Con estas banderas, el movimiento unionista creció rápidamente, mientras se incrementaba el descontento por el incesante deterioro de la economía. Huelgas obreras, protestas públicas y motines, pusieron en crisis al régimen que, tras resistir durante toda una semana, cayó el 9 de abril de 1920. Estrada Cabrera fue declarado “enfermo mental” y encarcelado—moriría en prisión tres años después—y en su lugar asumió la presidencia el magnate azucarero Carlos Herrera.

Su gobierno constituyó un breve paréntesis democrático: fue disuelto el congreso cabrerista y se convocó a una Asamblea del Estado, llamada así pues Guatemala, siguiendo el ideario unionista, pasaba a integrarse a la denominada República Mayor de Centroamérica, a la que también se habían adherido El Salvador y Honduras. Otras medidas de Herrera, dictadas bajo la presión del nuevo parlamento, fueron la anulación de los contratos de 1908 con la UFCO, cancelándose además la bochornosa entrega de la antigua planta eléctrica alemana a la Electric Bond and Share. Las posturas soberanas del mandatario, quien tampoco aceptaba las recomendaciones de la Comisión Kemmerer para una reforma monetaria, le granjearon la hostilidad de Estados Unidos y sus aliados guatemaltecos.

Cuando el presidente Herrera se negó a contraer un nuevo empréstito con la banca norteamericana, mientras empeoraba la situación económica por la indetenible caída de los precios del café, el ejército, encabezado por el general José María Orellana, lo derrocó el 5 de diciembre de 1921. A renglón seguido se sucedieron tres gobiernos militares que sacaron a Guatemala del efímero Pacto Federal, derogaron todas las disposiciones nacionalistas, aplicaron la cuestionada reforma bancaria, pagaron una jugosa compensación a la empresa estadounidense que monopolizaba los ferrocarriles, exonerando a la UFCO del pago de impuestos, y legalizaron sus plantaciones en el litoral atlántico (1924). Las endémicas tiranías volvían a la tierra del quetzal, como pronto confirmó el ascenso al poder de un dictador todavía más sanguinario, Jorge Ubico, pero en el imaginario de los pueblos de la región persistiría el ideal de la antigua unidad centroamericana.

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